La Resurrección de Cristo

Resurrección de Cristo
Jesús Resucitó de entre los muertos

Otro momento trascendental de la irrupción de Dios en el mundo es Jesús, el Cristo, el Ungido de Dios o Mesías.  Jesús vivió hace dos mil años, en Palestina.  Pertenecía a una familia modesta de artesanos.  No se casó.  Y, cuando tenía alrededor de treinta años, comenzó a intervenir los sábados en las sinagogas con una convicción y autoridad tales, que impresionó a mucha gente.  Algunos llegaron, incluso, a convertirse en discípulos suyos, una realidad social frecuente en aquella época.  Durante uno o dos años insistió en que no hay que quitar la vida a nadie ni hacer daño a ninguna persona, sino que, al revés, hay que ayudar a todos, amarles como amigos y hasta dar la vida por ellos.  Todo esto llegó a preocupar a los poderes establecidos, que intuyeron que un amor así, vivido hasta las últimas consecuencias, podría llegar un día a desestabilizar el sistema, aunque Jesús claramente estaba en contra de la violencia y no quería involucrarse en la lucha partidista, pues no tenía apetencias de poder.  Jesús es condenado a muerte por una coalición de sus enemigos, que superan sus discrepancias internas para eliminar violentamente a este aguafiestas.

Hasta aquí todo parece más o menos normal.  Pero resulta que, según un crecido número de testigos, por lo menos unos quinientos, Jesús resucita.  Y esto plantea en cadena toda una serie apasionante de preguntas sobre esta cuestión que es básica y fundamental.  ¿Quién es éste, tan poderoso, que ha vencido a la muerte?

La palabra “resurrección” es quizás una metáfora y alude a los huesos del valle de Josafat que se ponen de pie al final de los tiempos, según Ezequiel.  Pero detrás de esta metáfora hay una realidad y es que a pesar de su muerte “Jesús vive”.  Es lo que le entiende a Pablo el gobernador romano Festo.  “Lo único que decían contra él, explica Festo a los reyes Agripa y Berenice, era cosa de su religión y de un tal Jesús, que murió y que Pablo dice que está vivo” (Hch 25, 19).

Pedro, los doce, alguna mujeres y hasta quinientos discípulos de una vez, y por fin, el último de todos, Pablo, dicen que han visto a Jesús vivo y que lo han constatado personalmente (1 Co 15, 1-8), porque, según Lucas, “después de su muerte, Jesús mismo se presentó a ellos en persona durante un tiempo (cuarenta días), dándoles claras pruebas de que estaba vivo” (Hch 1,3).

Estos testigos de Jesús ¿mientieron al decir que vieron a Jesús vivo?  No parece posible.  Nadie se deja matar por defender una cosa que sabe que es mentira.  ¿Se engañaron?  En ese caso tendrían que ser unos paranoicos.  Pero ningún sicótico ha hecho nunca nada válido realmente.  Y, sin embargo, el cristianismo es sin género de dudas la mayor y más importante realización no sólo religiosa, sino también cultural, económica y política de la historia.  ¿Se trataría sólo de una metáfora y de una especia de apoteosis verbal de Jesús?  No parece estar esto de acuerdo con los hechos.  Esta explicación es demasiado simplista.  Los evangelistas, contra lo que es habitual en ellos, relatan lo que pasó “el día del Señor” (domingo) paso a paso.  Es el día más largo de la Biblia.  Además es imposible explicar sicológica y sociológicamente cómo los discípulos atemorizados y atrincherados en sus casas por miedo a los judíos y comenzando ya a dispersarse como consecuencia de la muerte y fracaso de Jesús (Lc 24, 13-35), se reagrupan, anuncian descaradamente lo que han visto (Hch 1,3) y transmiten domingo tras domingo este hecho extraordinario hasta nuestros días, en cadena ininterrumpida.

Comprendemos que el hecho de la resurrección choca con nuestra moderna mentalidad secularizante, pero reconocemos humildemente que, si resulta difícil de aceptar, mucho más difícil es explicar lo que pasó después de la muerte de Jesús si queremos devaluar su resurrección y convertirla en simple metáfora.

Hay algo que resulta extraño en todo esto.  Si la resurrección hubiera sido un invento de los Apóstoles, habrían tratado de hacer el crimen perfecto, pero anunciar a todos los vientos que Jesús vivía y que por lo tanto estaba a la derecha de Dios como igual a El, chocaba frontalmente con el monoteísmo judío.  Pedro, un pobre pescador, y los doce no entienden de teologías y se contentan con decir ante los tribunales religiosos de Jerusalén que ellos simplemente transmiten lo que han visto:

“Pensad vosotros mismos, dicen a los miembros del tribunal, si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros en lugar de obedecer a Dios.  Pues nosotros no podemos dejar de decir las cosas que hemos visto y oído” (Hch 4, 19-20).

Tendrá que venir más tarde el evangelio de Juan para dar una solución teológica a éste al parecer insoluble problema.  Dios no hay más que uno.  Pero ese Dios no es individualista, sino comunitario en cuanto que el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo forman dinámicamente un solo ser.

Capitulo 58, Teología de Bolsillo, Antonio Hortelano

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