Post Mortem

Post Mortem

Leyendo un libro muy interesante escrito por Robert Monroe, me interesó sobremanera leer el capítulo 7 de su libro “Viajes Fuera Del Cuerpo”, publicado en 1971.

Hemos escuchado de gente que ha muerto, ha sido declarada clínicamente muerta, y luego han vuelto a la vida, y lamentablemente la información que nos traen dejan muchas preguntas. Si bien son capaces de confirmar que la vida continúa más allá de este cuerpo físico, no tienen claro lo que pasó más allá, y la mayoría de ellos interpretan los sucesos. Por ejemplo si alguien vió una persona lo interpretan como un ángel, o como Jesús, y si alguien vió luces azúles, bien lo interpretan como dones, regalos o sanación. Igualmente la gran mayoría reporta un túnel blanco con mucha luz blanca al fondo, y así lo interpretan como la luz de Dios que los llama.

Y es aquí donde Robert Monroe nos trae un cambio importante en la forma de narrar sus experiencias. Primero porque fue una persona con muy buena educación intelectual y científica, capaz de narrar sus experiencias sin darle interpretaciones personales, y segundo, porque logró reproducir sus experiencias fuera del cuerpo cientos de veces. Las primeras veces, él mismo afirma, estuvieron llenas de temores, miedos, y desconocimiento. Es así que después de muchas experiencias se atrevió a visitar a seres conocidos ya fallecidos, y en especial me gusta la historia de su visita a su propio padre.

A continuación la traducción de su capítulo 7, Post Mortem, el cual bien vale una lectura.

post mortem
post mortem

El reconocimiento de la existencia del Segundo Cuerpo lleva aparejada la pregunta que la humanidad se hace desde el día en que aprendió a pensar: ¿seguimos viviendo?, ¿hay vida más allá de la tumba? Las religiones nos dicen que creamos, que tengamos fe. Esto no es suficiente para el pensador silogístico en busca de premisas válidas que sean claras y lleven a
conclusiones ineludibles.

Todo lo más que yo puedo hacer es ser relator objetivo de mi experiencia subjetiva. Quizás mis premisas sean válidas para quien lea este libro.

Conocí al doctor Richard Gordon en Nueva York en 1942. Era un especialista en medicina interna. Nos hicimos amigos y se convirtió en nuestro médico de familia. Era un hombre con muchos años de experiencia y poseía un curioso sentido del humor entre cínico y sarcástico. Era realista, con la sabiduría que otorga la experiencia. Cuando nos conocimos rondaría la cincuentena, por lo tanto, no le conocí de joven. Era alto y delgado, y el pelo blanco empezaba a ralearle.

El doctor Gordon tenía dos costumbres. Había decidido vivir mucho tiempo, por lo que actuaba con mucha prudencia. Caminaba deliberadamente a paso lento y cauteloso. No corría más que si era absolutamente necesario. Mejor dicho, cuando caminaba, paseaba con estudiada despreocupación.

La segunda consistía en que, cuando alguien acudía a su consulta, él se quedaba mirándole desde la puerta que daba al pasillo. No decía «hola» ni saludaba con la cabeza o con la mano. Se limitaba a mirar, como diciendo: «¡Qué demonios le pasa a éste!».

Pese a no habernos hablado nunca, entre el doctor Gordon y yo había una comunicación muy cálida e íntima. Era una de esas cosas que ocurren sin explicación, sin razón lógica. No teníamos demasiado en común, aparte del hecho de haber coincidido casi en el mismo momento de la historia.

Visité al doctor Gordon en su consulta en la primavera de 1961 y almorcé allí con él; la comida la hizo en un infiernillo Bunsen su enfermera de toda la vida. Le noté cansado y preocupado y se lo comenté. «No me encuentro demasiado bien», contestó; y acto seguido tuvo una salida de las suyas: «Qué pasa? ¿Es que un médico no puede ponerse enfermo
nunca?».

Me reí y le sugerí que hiciera algo al respecto, como acudir a su médico de
familia. «Ya lo haré», dijo distraídamente y volviendo en seguida a su estilo habitual:
«Pero antes voy a ir a Europa».
Le dije que me parecía muy bien.
«Ya tenemos los billetes», continuó. «Ya hemos estado allí varias veces, pero ahora quiero conocer un montón de sitios que nos faltan por ver. ¿Ha ido usted alguna vez a Grecia o Turquía, España, Portugal, Egipto?».
Le dije que no.
«Pues debería ir», dijo apartando la comida. «Vaya en cuanto pueda. No debe dejar de ver esos sitios. Desde luego, yo no me los voy a perder».
Dije que lo intentaría, pero que no tenía un trabajo que pudiera esperar hasta mi vuelta. Entonces él se puso serio.
«Bob…».
Esperé a que continuara.
«No me gusta cómo me encuentro», dijo preocupado. «No me gusta, ¿por qué no se vienen su esposa y usted a Europa con nosotros?».
Ojalá hubiéramos ido.

El doctor Gordon y su esposa embarcaron con rumbo a España, aproximadamente, una semana después. Como no dieron señales de vida, imaginé que estarían tomando el sol en algún lugar del Mediterráneo.

La señora Gordon me telefoneó al cabo de seis semanas.
Su esposo se había puesto enfermo en Europa y habían tenido que interrumpir el viaje. No había querido recibir tratamiento en el extranjero, sino que insistió en volver a casa. Entonces, empezó a sentir fuertes dolores que provocaron su ingreso inmediato al hospital para un reconocimiento.

No pude verle en el hospital, pero estuve al corriente de su estado por medio de su esposa. El reconocimiento había dado resultado. Le encontraron lo que estaban buscando, un cáncer abdominal incurable. Lo único que se podía hacer era aliviarle el dolor en la medida de lo posible. No volvería a salir del hospital. Vivo, se entiende. O, mejor dicho, físicamente vivo. Al enterarme pensé que debía encontrar alguna forma de ver al doctor Gordon. Ahora estaba todo bastante claro, como casi todo cuando se mira retrospectivamente. Estoy convencido de que sabía lo de su enfermedad el día que nos habíamos visto en su consulta. Al fin y al cabo, era internista. Podía haber estudiado los síntomas en su propio laboratorio personal. Ésa era la razón del súbito viaje a Europa. No quería desperdiciar esta última oportunidad. Y así lo hizo.

A mí me acuciaba la necesidad de hablar con el doctor Gordon. En ninguna de nuestras conversaciones le había hablado de mi «excéntrico talento» ni de mis andanzas. Creo
que tenía miedo de que hubiera echado para atrás la cabeza y se hubiera reído de mí para mandarme en seguida a la consulta de su hijo psiquiatra.

Ahora era diferente. Se enfrentaba con algo en lo que tal vez podría ayudarle yo, para variar. No sabía cómo podía ayudarle lo que había descubierto en mis andanzas, pero tenía la profunda convicción de que así era. Intenté ver al doctor Gordon en reiteradas ocasiones, pero sólo permitían la entrada en la habitación a su esposa. Hasta que le pedí a ella que me
ayudara a verle. Me contó que su esposo sufría un dolor tan fuerte que estaba casi todo el tiempo sedado. Por lo tanto, eran contadas las ocasiones en las que se le podía ver lúcido y consciente. Normalmente a ella le reconocía por la mañana temprano, aunque no todos los días. Le dije que tenía algo importante que contarle. No fingía. En medio de su dolor, comprendió que yo quería transmitirle un mensaje que iba más allá del consuelo de un amigo.

La intuitiva mujer halló una solución.
«¿Por qué no le escribe una carta?», sugirió. «Yo se la llevaré». Le dije que temía que no pudiera leerla.
«Usted escríbala», dijo ella, «que yo se la leeré cuando esté lo suficientemente consciente como para entenderla».
Y eso fue lo que hicimos. Ella se la leyó varias veces a su marido en los momentos en que él estaba consciente. Después me contó que no lo había hecho por propia iniciativa, sino porque él se lo había pedido. ¿Había algo en la carta que él quisiera grabar en su cabeza?
Al enterarme de esto sentí una gran pena. Seguro que no habría echado la cabeza para atrás ni se habría reído. Podríamos haber compartido muchas más cosas si yo hubiera tenido el valor suficiente para comentar mis «actividades» con él. He aquí algunos fragmentos extraídos de la carta que le escribí:

«… y se acuerda de todas las pruebas y reconocimientos que me hizo porque sabía que a mí me preocupaba algo. Bueno, eso fue al principio. Ahora que va a estar algún tiempo en el hospital podría tratar de averiguarlo usted mismo. De ese modo no tendrá que hacerme caso a mí. Le dará algo que hacer mientras se repone (…). Primero de todo, tiene que aceptar la posibilidad, por remota que pueda parecerle, de que puede usted actuar, pensar y existir sin la restricción de un cuerpo fisico. Y no le diga a su esposa que me envíe a su hijo el psiquiatra. Para resolver esto no basta con Freud. Además, él ya gana suficiente dinero (…). En todas nuestras conversaciones no me pareció apropiado sacar el tema a colación. Pero ahora que está usted postrado, tómeselo en serio. Podría resultarle útil y espero que pueda usted descubrir algunas cosas que a mí se me han pasado por alto. No depende más que de
que pueda usted desarrollar la capacidad de abandonar su cuerpo fisico mientras está echado en la cama del hospital. En ese caso, todo esto podría serle de suma utilidad. Puede ser una forma de mitigar el dolor físico.
Inténtelo. Con toda la sinceridad de que soy capaz, Dick, le insto a que lo piense. Habrá superado un hito importante por el mero hecho de aceptar la idea de que podría existir su Segundo Cuerpo no fisico. Conseguido esto, la única barrera restante es el miedo. Y no tiene por qué ser así. Porque equivale a tener miedo de la propia sombra, de uno mismo. Es una idea más natural que extraña. Acostúmbrese a que la falta de experiencia consciente a este respecto no significa que haya que tenerle miedo. Sólo se teme a lo desconocido mientras lo sigue siendo. Si asume usted esto, no tiene por qué tener miedo. Entonces, y sólo entonces, pruebe la fórmula que le he escrito aquí. Desconozco los efectos de los medicamentos que esté usted tomando.
Puede que faciliten o entorpezcan esta técnica. En cualquier caso, inténtelo. Tal vez no funcione a la primera. (…) Lo más importante es que me cuente cómo le va. Cuando se mejore, quizás pueda pasar a verle y hablar largo y tendido sobre esto. Lo habría hecho ya, pero sabe usted lo escrupuloso que es el hospital con sus normas. Si habla con su esposa de lo que le planteo, seguro que ella me lo transmitirá. Aunque preferiría oírlo de usted más
adelante. Cuénteme. (…)».
La señora Gordon no me contó si llegó a intentarlo. Me pareció absolutamente inapropiado pedirle detalles concretos en aquellos momentos. Ya tenía bastante con la desoladora tristeza de saber que la enfermedad de su esposo era terminal. Sigo sin saber a ciencia cierta
si se dio cuenta de que mi carta podía estar concebida como sugerencias de preparación para la muerte.
El doctor Gordon entró en coma pocas semanas después. Murió apaciblemente, sin volver a recobrar la consciencia.
Pensé durante varios meses en intentar «ir» a «ver» al doctor Gordon, dondequiera que estuviese. Era la primera persona allegada a mí que había fallecido desde el desarrollo de mi «excéntrico talento». Me movían a ello tanto la curiosidad como la objetividad. Era la primera oportunidad de este tipo que se me presentaba. Estaba convencido de que, si es que continuaba existiendo, al doctor Gordon no le importaría.

Como no era muy ducho en estos asuntos, decidí que probablemente él necesitaría algún tiempo de descanso antes de que yo interfiriera en lo que estuviera haciendo. Además, necesitaba hacer acopio de fuerzas por mi parte. Era un experimento que no había intentado nunca. Podía resultar verdaderamente peligroso.

Hasta que por fin lo intenté un sábado por la tarde. Me costó una hora llegar al estado vibratorio, hasta que sali de mi cuerpo gritando mentalmente: «¡Quiero ver al doctor Gordon!».

Un instante después empecé a ascender rápidamente, y no tardé en sentir nada más que el movimiento y algo así como una ráfaga de brisa. También noté una mano bajo el codo izquierdo. Alguien estaba ayudándome a llegar alli.

Tras lo que me pareció un viaje interminable de pronto me detuve (o me hicieron detenerme). Estaba de pie, algo perplejo, en una sala grande. Me dio la impresión de que era una especie de psiquiátrico. La mano bajo mi codo me condujo a una puerta abierta y me hizo quedarme bajo el dintel, desde donde pude asomarme a la sala contigua. Una voz masculina me habló casi directamente al oído derecho y me dijo: «Espere aquí, el doctor le vendrá a ver en un
minuto».

Asentí con la cabeza y permanecí a la espera. Había un grupo de hombres en la sala. Tres o cuatro estaban escuchando a un joven de unos veintidós años que estaba contándoles algo muy animado, gesticulando exageradamente.

No vi al doctor Gordon y seguí esperando a que apareciera en cualquier momento. Mientras esperaba fui notando cada vez más calor, lo que me hizo sentir muy incómodo. No sabía qué era lo que me hacía sentir tanto calor, y tampoco estaba seguro de poder seguir allí mucho más tiempo. El sudor me corría a raudales por la cara. Sabía que no iba a aguantar alli mucho más porque la temperatura era insoportable. Si el doctor Gordon no aparecía pronto iba a tener que regresar sin haber tenido la oportunidad de verle.

Volví a mirar al grupo de hombres de la sala y se me ocurrió que tal vez debería preguntarles a ellos por el doctor Gordon. En ese preciso momento el joven bajo y delgado con una buena mata de pelo se quedó callado y me miró por un momento. Tras esa mirada fugaz se volvió a los demás y prosiguió su animada perorata.

El calor se hizo insoportable y decidí que tenía que marcharme. No podía esperar al doctor Gordon. Valiéndome de un movimiento que había aprendido, ascendí rápidamente y me alejé de la sala. El viaje de regreso fue largo. Después de reintegrarme, comprobé mi cuerpo físico. Estaba frío, algo rígido. Desde luego, las mejillas no chorreaban de sudor.

Decepcionado, me incorporé y tomé apuntes del viaje. No sé por qué, pero había fallado. No había sido capaz de dar con el doctor Gordon. El tiempo transcurrido fuera del cuerpo físico había sido de dos horas.

La terquedad forma parte de mi herencia genética. Al sábado siguiente volví a intentarlo. En cuanto abandoné el cuerpo físico y me puse a gritar llamando al doctor Gordon una voz algo irritada dijo junto a mí: «¿Por qué quiere volver a verle? ¡Ya le vio el sábado pasado!».

Me sorprendí tanto que regresé al cuerpo físico casi al instante. Me incorporé y eché un vistazo al despacho. No había nadie. Todo era normal. Pensé en volver a intentarlo, pero decidí que era demasiado tarde para hacer otro intento ese día.

El sábado pasado no había sucedido nada importante. No había salido bien. Pero revisé mis notas del «sábado pasado». Y encontré algo escrito: «El doctor le vendrá a ver en un minuto». Y aproximadamente un minuto después un joven bajo y delgado con una buena mata de pelo se había vuelto y había fijado la mirada en mí sin decir palabra, como si estuviera pensando. Lo que yo había percibido era una descripción perfecta de lo que debió haber sido el doctor Gordon a los veintidós años en vez de a los setenta.

Esto parecía dar más crédito al experimento que cualquier otra cosa. Yo había esperado ver a un hombre de setenta años. No le había reconocido porque no era lo que me esperaba. Si hubiera sugerido esto como alucinación, seguramente me habría encontrado con el doctor Gordon a los setenta años.

Posteriormente, en el transcurso de una visita a la viuda del doctor Gordon, conseguí ver una fotografía suya con esa edad. Por supuesto, no revelé a la señora Gordon mi interés en ver aquella fotografía. Coincidía exactamente con el hombre al que yo había visto y que me había visto «allí». Ella mencionó que a esa edad era un hombre muy activo, siempre con prisa, y con una buena mata de pelo rubio.

Algún día volveré a intentar visitar al doctor Gordon.

En otra ocasión, en la que vendimos la casa antes de la mudanza que habíamos previsto porque surgió de repente un comprador. Alquilamos una casa por un año como medida provisional hasta efectuar dicha mudanza.

Era un sitio interesante, construido sobre una roca que asomaba a un pequeño río. Lo alquilamos a través de un agente y no llegamos a reunirnos ni a entrar en contacto con el dueño. Mi esposa y yo ocupamos el dormitorio principal, situado en la primera planta.

Aproximadamente una semana después de habernos mudado nos fuimos a la cama y mi esposa se quedó dormida en seguida. Yo permanecí acostado a oscuras, contemplando el cielo nocturno a través de las ventanas que llegaban del suelo al techo. Sin haberlo buscado, noté que empezaban las consabidas vibraciones, y me pregunté si estaría bien permitírmelas en la nueva casa.

Nuestra cama estaba situada en la pared norte. A mano derecha quedaba la puerta del pasillo. Y, a la izquierda, la puerta del cuarto de baño principal.

Me disponía a salir del cuerpo físico cuando noté algo en la puerta. Una forma blanca del tamaño y aspecto de una persona. Esperé a ver qué pasaba porque me había hecho extremadamente cauto en relación con los «extraños». La forma blanca entró en el dormitorio, rodeó la cama y pasó a menos de medio metro de mí, camino del cuarto de baño. Pude ver que se trataba de una mujer de mediana estatura, con el pelo oscuro y liso y los ojos hundidos.

Permaneció unos momentos en el cuarto de baño, después salió y volvió a bordear la cama. Me incorporé (no físicamente, estoy seguro) y alargué el brazo para tocarle, más bien para saber si podía hacerlo.

Ella se detuvo y me miró al ver mi gesto. Le oí perfecta mente cuando habló. Pude ver las ventanas y las cortinas por detrás de ella y a través de ella.

«Qué vas a hacer con los cuadros?». Pude ver el movimiento de sus labios; era una voz de mujer.

Aun no sabiendo qué decir, procuré dar una respuesta satisfactoria. Le dije que no se preocupara, que ya me encargaría de ello.

Esbozó una sonrisa al oírlo. A continuación alargó las manos y me tomó una entre las suyas. Daban la impresión de ser reales, cálidas y vivas. Me dio un suave apretón, me soltó con delicadeza, bordeó la cama y salió por la puerta.

Esperé a que volviera, pero no lo hizo. Me tumbé, activé el cuerpo físico y me levanté de la cama. Me dirigí a la puerta del pasillo y me asomé a las demás habitaciones. Alli no había nadie. Tampoco encontré nada en las habitaciones del piso de abajo. Entonces tomé unas notas, volví a la cama y me dormí.

Pocos días después conocí a nuestro vecino, el psiquiatra doctor Samuel Kahn. (¡Me encontraba con psiquiatras por doquier!). Le pregunté si conocía a los dueños de la casa donde yo vivía.
«Sí, sí, les conocí bastante bien», dijo el doctor Kahn. «La señora W murió hace un año. El señor W no quiso volver a entrar en la casa a raíz de eso, se mudó y no volvió».

Le dije que era una pena, porque era una casa bonita. «Pero la casa era de ella, usted ya me entiende», respondió el doctor Kahn. Por cierto, murió en casa, en la habitación donde ahora duerme usted.

Le dije que era interesante. La casa había debido gustarle mucho.
«Desde luego», contestó. Le gustaba mucho la pintura.
Tenía cuadros colgados por todas partes. La casa era toda su vida.

Le pregunté si por casualidad tenía alguna foto de la señora W «Déjeme ver». Se lo pensó un momento. «Pues sí. Creo que sale en la foto de grupo que nos sacamos en el club. Voy a ver si la encuentro».

El doctor Kahn volvió al poco rato. Traía en la mano una fotografía de unos cincuenta o sesenta hombres y mujeres; a la mayoría sólo se les veía la cabeza porque estaban en filas.

El doctor Kahn observó la fotografía. «Está por aquí, sí, estoy seguro».
Miré la fotografía por encima de su hombro. Una cara de la segunda fila me resultaba familiar. La toqué con el dedo y le pregunté al doctor Kahn si era la señora W.
«Oh, sí, sí, esa es la señora W.». Su curiosidad dio paso a una observación. «Ah, usted debe de haber encontrado alguna foto suya por la casa».

Dije que sí, que eso era. De paso le pregunté si la señora W. tenía algún gesto peculiar o cosa por el estilo.
Que yo recuerde, no, respondió. «Pero pensaré en ello. Seguro que tenía alguno». Le di las gracias e hice ademán de marcharme. Pero me volví cuando me llamó.
«Espere un momento, había una cosa», dijo el doctor Kahn.
Le pregunté qué era.
«Es curioso, cuando estaba contenta o agradecida te tomaba la mano entre
las suyas y te daba un pequeño apretón. ¿Le sirve esto?».
Claro que servía.

Sabía por experiencia que podía atreverme a cosas así en asuntos que eran a todas luces insólitos.

Agnew Bahnson era un amigo íntimo más o menos de mi edad y con el que tenía mucho en común. Le conocía desde hacía ocho años.
Era piloto, entre otras cosas, y volaba a menudo en el avión de su empresa.
Uno de los temas que más le interesaba estudiar era la antigravedad, asunto del que hablamos muchas veces. Tenía un laboratorio donde realizaba experimentos en esta área. Entre las materias que comentamos, relativas a sus estudios acerca de la gravedad, estaba la cuestión de cómo podían demostrar una o dos personas cualquier resultado efectivo en antigravedad en esta época de grandes equipos de investigación con instrumental extraordinariamente costoso.

Durante un viaje de negocios a Nueva York en 1964 me encontré en la habitación del hotel con una hora libre por la tarde. Decidí echar una siesta. Me acosté en la cama y, cuando estaba a punto de quedarme dormido, oí la voz del señor Bahnson.

«Hay un modo de demostrar la antigravedad. No hace falta más que demostrársela a uno mismo, y usted está preparado para hacerlo». Me incorporé, completamente despierto. Sabía a qué se estaba refiriendo la voz, aunque no había tenido valor para intentarlo. Pero, ¿por qué sonaba tan real la voz del señor Bahnson en este sueño? Miré el reloj de la mesilla, que marcaba las tres y cuarto. Estaba demasiado
despierto como para poder quedarme dormido, de manera que me levanté y salí.

Cuando dos días después regresé a casa mi esposa estaba muy callada. Le pregunté si pasaba algo.
«No hemos querido molestarte con todo lo que tenías que hacer en Nueva York», dijo, «pero ha muerto Agnew Bahnson. Se ha matado al intentar aterrizar con su avión en un pequeño aeródromo de Ohio».

Recordé la voz del señor Bahnson en Nueva York. Le pregunté si se había matado hacía dos días a eso de las tres y cuarto de la tarde. Mi esposa me miró un tanto confusa y dijo: «Sí, fue a esa hora».

No me preguntó cómo lo sabía yo. Hacía mucho tiempo que estaba sobre aviso acerca de mí.

No hice ningún intento de «ir» a ver al señor Bahnson durante varios meses. Debí de imaginar que necesitaba reposo por el hecho de haber tenido una muerte violenta, aunque sigo sin saber si estaba en lo cierto. Con el tiempo me fui impacientando. Un domingo por la tarde me acosté con el deliberado propósito de visitar al señor Bahnson.

Al cabo de una hora de preparativos logré abandonar el cuerpo físico y comencé a viajar a toda velocidad a través de las tinieblas. Durante el trayecto fui gritando mentalmente: «¡Agnew Bahnson!».

De pronto me detuve (o me detuvieron). Estaba en una habitación más bien oscura. Alguien me tenía inmovilizado, de pie. Tras un momento de espera salió una nubecilla de gas blanco de un pequeño agujero que había en el suelo. La nubecilla tomó forma y mi sexto sentido me dijo que se trataba del señor Bahnson, aunque no podía verle bien ni identificar sus facciones. En seguida se puso a hablar contento y de manera atropellada.

«¡Bob, no te vas a creer la de cosas que me han pasado desde que llegué aquí!».

Y no hubo más. A una señal de alguien la nubecilla de gas blanco perdió su forma humana y volvió a desaparecer por el agujero del suelo. Las manos que me sujetaban por los codos me dieron media vuelta y regresé al cuerpo físico.

Ésa era la forma de ser del señor Bahnson, la de interesarse por cosas y experiencias nuevas en vez de perder el tiempo con el «entonces» o el pasado. Igual que el doctor Gordon.

Si era una alucinación a medias inducida, al menos era original. Jamás había leído nada semejante. ¿Explica eso la coincidencia horaria en la habitación del hotel de Nueva York?

Otro caso más. Mi padre falleció en 1964, a la edad de ochenta y dos años. En mis años jóvenes yo había sido rebelde a la autoridad paterna, pero en sus últimos años me sentí próximo a él. Y estoy seguro de que el sentimiento era recíproco.
Había sufrido un derrame cerebral meses atrás que le dejó prácticamente paralizado y sin habla. Esto último era lo más lacerante, ya que era lingüista y había dedicado su vida a la enseñanza de idiomas.

Cuando le visitaba durante ese período hacía desesperados esfuerzos por hablarme, tantos que me partían el corazón. Sus ojos suplicaban que le comprendiera. De sus labios no salían más que leves quejas. Yo procuraba consolarle y hablaba con O. Él me respondía como podía. No sabría decir si entendía mis palabras.

Mi padre murió apaciblemente una tarde mientras dormía. Había tenido una vida plena, llena de éxitos, y su muerte produjo una sensación agridulce de tristeza y liberación.

He pensado muchas veces en la importancia de las opiniones e ideas fundamentales que aprendí de mi padre. Siempre le estaré agradecido. En esta ocasión estaba mucho menos agitado, puesto que quien acababa de fallecer era alguien muy próximo a mí. O quizás fuera que la familiaridad, al menos cierta sensación, me inducían a tener más fe y menos cautela.

La única razón por la que aguardé varios meses fue la conveniencia. Quehaceres acuciantes en mi vida personal y profesional impidieron que pudiera hallar la tranquilidad necesaria. Con todo, una noche entre semana me desperté a las tres de la madrugada con la sensación de que podía intentar visitar a mi padre.

Cumpli con el ritual y las vibraciones no tardaron en llegar. Abandoné el cuerpo físico en cuestión de segundos sin el menor esfuerzo, me levanté y emprendí el viaje a través de la oscuridad. Esta vez no grité mentalmente. Me concentré en la mentalidad de mi padre y me «extendí» hasta donde él estaba.

Empecé a moverme a toda prisa entre tinieblas. No podía ver nada, pero tenía una intensa sensación de movimiento reforzada por el roce del aire espeso y como liquido contra mi cuerpo. Era como deslizarse por debajo del agua después de una zambullida. De pronto me detuve. No recuerdo que esta vez me detuviera nadie, ni tampoco noté ninguna mano en el codo. Me hallaba en una sala mal iluminada de grandes proporciones.

Al parecer, yo estaba al tanto de que aquello era un hospital o una casa de reposo, si bien allí no se aplicaban tratamientos tal como nosotros los conocemos. Busqué a mi padre con la mirada. No sabía qué me iba a encontrar, aunque abrigaba esperanzas de que fuera un encuentro jubiloso.

Fuera de la sala donde me hallaba había otras dependencias menores. Me asomé a dos de ellas y vi a algunas personas que no me prestaron ninguna atención. Empecé a peguntarme si no me habría equivocado de sitio. La tercera dependencia no era mayor que una celda monacal, con un ventanuco en la pared del fondo. Había un hombre apoyado en la pared y mirando por la ventana. Cuando entré sólo le vi la espalda. Después se volvió y me vio. Puso cara de asombro y mi padre «muerto» me habló: «?Qué estás haciendo aquí?». Lo dijo igual que una persona que hubiera recorrido medio mundo y se encontrara de pronto con alguien de
quien acabara de despedirse al partir.

Debido a la emoción, no fui capaz de articular palabra, por lo que me quedé alli plantado, confiando en el jubiloso encuentro que anhelaba. Se produjo en seguida. Mi padre se acercó, me tomó por las axilas y se puso a subirme y a bajarme por encima de su cabeza, tal como hacía cuando yo era niño, tal como los padres hacen con sus hijos.

Volvió a dejarme en el suelo y fui capaz de preguntarle qué tal estaba. «Mucho mejor ahora, ya no tengo dolores», dijo. Fue como si me hubiera recordado algo que yo quisiera olvidar. Las fuerzas parecieron abandonarle y se alejó con aspecto fatigado. Le miré, y él parecía haber olvidado que yo estaba allí. Se le veía más flaco, con aspecto de cincuentón, deduje por las fotografías que había visto de él a esa edad.

Me dio la sensación de que el encuentro había terminado. No daba más de sí por el momento. Salí sigilosamente de la habitación, di media vuelta, me «extendí» y regresé al cuerpo físico. La vuelta fue mucho más rápida que la ida. ¿Había sido así? ¿Había sido tan intenso el dolor en aquellos últimos días en que no podía hacerse entender para hacer algo que le aliviara? En caso de ser cierto, qué terrible prisión había debido ser su cuerpo. Desde luego, la muerte era una bendición.

¿Intentaré volver a «verle»? No lo sé. No sé si debo.

Hay muchas otras experiencias menos personales pero igual de impresionantes. Todas ellas me condujeron a una conclusión empírica ineludible que justificaba las muchas horas de angustia, incertidumbre, miedo, soledad y desilusión. Fueron un punto de embarque en lo que algunos llaman el Salto Cuántico en el pensamiento y el comienzo de un punto de vista nuevo que permitió que los dolores y placeres del Aquí y Ahora adquirieran toda su importancia (qué es un minuto, una hora, un año en un infinito de existencia?).

Todas ellas abrieron una puerta a la realidad incomprensible en última instancia para la mente consciente humana, por mucho que siga asombrando al curioso y comprometiendo al intelectual.

¿Es todo lo anterior mi respuesta? Sumando estas experiencias con el conocimiento de que la personalidad humana puede operar y opera fuera del cuerpo físico, la respuesta no puede ser más que una.

Si aquí hay un Gran Mensaje, debe bastar con esto.

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