Juicio y purgatorio

Juicio y purgatorio

Juicio Final

La palabra juicio con toda su escenografía de tribunales, acusadores, jueces y sentencias es pura metáfora. En realidad, más que una sentencia judicial de Dios –la sentencia está inspirada en el derecho romano- el juicio es la toma de conciencia a la que el hombre llega en el momento de morirse.
La muerte es instantánea. Pero en ese instante trascendental podemos distinguir dos fachadas, una que mira al tiempo pasado, y otra a la eternidad futura.

En cuanto final del tiempo ese instante hace el papel de lo que metafóricamente se ha llamado juicio y purgatorio. En efecto, al encontrarse el hombre cara a cara con Dios, es decir, con el todo que le ha hecho salir de la nada y le ha sostenido para que no se reabsorbiera en la nada, el hombre, sin las ataduras y los condicionamientos de la vida temporal, toma conciencia clarísima de las cosas que ha hecho mal y de las buenas que podía haber hecho y no ha hecho. Esto es el juicio. Según sea más o menos negativa esa conciencia, tanto mayor o menor será la sensación de vergüenza, dolor, repulsa y arrepentimiento del difunto. En eso precisamente consiste el purgatorio.

El que el purgatorio es instantáneo, como sostiene H. Urs von Balthasar y otros muchos teólogos modernos, no quiere decir que no se puede recordar (memoria) a los fieles difuntos, una práctica que se remonta a los macabeos y a los primeros cristianos. Ese recuerdo no es ni más ni menos que el deseo de estar en comunión con ellos en ese momento trascendental para ellos, que es la muerte, y en su plenitud eterna con Dios, a través del cual –Cristo- nos podemos poner en relación con ellos.

213. Juicio y purgatorio

Capítulo XII. El más allá. ¿Continuamos o no después de la muerte?

Teología de Bolsillo, Antonio Hortelano

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Un comentario sobre “Juicio y purgatorio

  1. Primeramente, a mi modesto juicio, el purgatorio como proceso de purificación no existe. Lo deduzco simplemente de la minuciosa y completa enseñanza de Jesús en la parábola del hijo pródigo. No se puede pasar por alto su mensaje habida cuenta de la cuidadosa y compleja elaboración que Jesús hace de la parábola. El padre del pródigo, figura del Padre celestial, está atento como aguardando el regreso del hijo. Lo avista cuando todavía está lejos. No envía a nadie a recibirlo. Va él directamente y lo hace corriendo. Escucha el pedido de perdón, lo abraza, lo besa y en ese momento Jesús advierte a sus oyentes con la frase “pero el padre” previniéndoles que el acontecimiento no continúa como ellos suponen. No hay reproches ni amonestaciones. Simplemente le restituye su anterior condición y por añadidura ordena el banquete con el becerro cebado y hace intervenir al hijo mayor con su reproche para darle al padre la oportunidad de explicar su proceder. Evidentemente, pretender la necesidad de una purificación es someter a Dios al mediocre criterio humano: ” el que las hace las paga” y es ignorar también que DIOS ES AMOR y que el amor de Dios es infinito.
    Por tanto, lo que hace Von Balthasar, para no contradecir lo que oficialmente sostiene la Iglesia, es evitar la cancelación del término purgatorio y considerarlo como algo instantáneo. El lugar de tortura y sufrimiento propuesto durante tantos siglos por la Iglesia, como si fuera una enorme sala, se transforma simplemente en un pórtico, por el que se pasa de la vida terrena a la vida eterna en el momento de la muerte, que coincide con el juicio particular. Otros teólogos, como Durwell, también salvan el término equiparándolo a una indulgencia plenaria que el Hijo del Hombre emite en e lmomento del juicio
    Esto no es un tema menor. Al no existir el purgatorio se desvanece el complejo mecanismo del culto de los difuntos y de las indulgencias.
    Creo que cualquier papa, por más carismático que sea, se vería en figurillas para decirle a millones de fieles que encargan la Misa, la mayoría de las veces pagando un estipendio, que todo lo que hicieron hasta ahora ha sido erróneo e innecesario. No me imagino cómo me las arreglaría yo si estuviera en el lugar del amado papa Francisco.

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