Dios prolonga la vida del pecador para que se arrepienta

Santa María Faustina, Misericordia
Santa María Faustina

Un día, escribe Santa María Faustina, pregunté a Nuestro Señor cómo podía tolerar tantas fechorías y crímenes sin castigarlos, y El me respondió:

Tengo la eternidad para castigarlos. Ahora prolongo el tiempo de la Misericordia. Pero qué desgracia para aquellos que no sepan reconocer el momento de Mi visita. Hija Mía, secretaria de Mi Misericordia, tú tienes no solamente la obligación de escribir y predicar Mi Misericordia a las almas, sino aún más, de obtener para ellas la gracia, a fin de que ellas también glorifiquen Mi Misericordia. (Nº 1160).

La vida del hombre, en última instancia, es un permanente acercarse a la muerte. En efecto, mientras más nos alejamos del día de nuestro nacimiento, más nos acercamos al día de nuestra muerte.

Jesús prolonga los días del pecador para facilitarle el arrepentimiento. El tiempo huye. Aprovechémoslo para acudir a la Misericordia Divina que nos espera.

 

 

La Misericordia de Dios, escondida en el Santísimo Sacramento, la voz del Señor, nos habla desde su trono de Misericordia, “Venid Todos a Mí”.

El diálogo del Dios Misericordioso con el alma pecadora.

JESUS: No tengas miedo, alma mía, a tu Salvador, Yo soy el primero que me acerco a ti, porque sé que tú por ti misma, no eres capaz de elevarte a Mí. No huyas, niño, de tu Padre; acepta entrar en conversación persona a persona con tu Dios de la Misericordia. El mismo quiere decirte las palabras de perdón, y llenarte de sus gracias. ¡Oh cuán querida es para Mí tu alma! Te inscribí en Mis manos y quedaste grabada en Mi Corazón con una profunda herida.

ALMA: Señor, oigo Tu Voz, que me llama a salir del mal camino, pero no tengo ni valor ni fuerza.

JESUS: Yo soy tu fuerza, Yo te daré valor para la lucha.

ALMA: Señor, reconozco Tu Santidad y Te temo.

JESUS: ¿Por qué temes, niño Mío, al Dios de la Misericordia? Mi Santidad no te impide que yo sea Misericordioso contigo. Mira, oh alma, para ti yo establecí el trono de la Misericordia en la tierra y, estre trono es el Tabernáculo y desde este trono de Misericordia deseo entrar en tu corazón. Mira, no me rodeé ni con un séquito ni con guardias. Tienes acceso a Mí en cada momento, cada día quiero hablar contigo y entregarte gracias.

ALMA: Señor, tengo miedo, que no me perdones un número tan grande de pecados; mi miseria me llena de terror.

JESUS: Mi Misericordia es mayor que tu miseria y la del mundo entero. ¿Quién midió mi bondad? Por ti descendí del cielo a la tierra, por ti permití me clavaran en la cruz, por ti permití abrir con la lanza Mi Corazón y te abrí la fuente de la Misericordia; acércate y bebe las gracias de esta fuente con el vaso de la confianza. A un Corazón humilde nunca lo rechazaré; tu miseria se ahogó en el abismo de Mi Misericordia. ¿Por qué tendrías que discutir conmigo por tu miseria? Hazme el favor de entregarme todas tus pobrezas y miserias, y Yo te llenaré con los tesoros de las gracias.

ALMA: Venciste, oh Señor, mi corazón de piedra con tu bondad; he aquí que con confianza y humildad me acerco al Tribunal de Tu Misericordia, absuélveme Tú mismo con la mano de Tu representante. Oh Señor, siento que la gracia y la paz llenaron mi pobre alma, siento que me invadió totalmente Tu Misericordia. Me has perdonado más de lo que yo podía esperar, o podía imaginarme. Tu bondad superó todos mis anhelos. Y ahora Te invito a mi corazón conmovido por tantas gracias. Vagaba por malos caminos y Tú no dejaste de ser mi Padre. Multiplica en mí Tu Misericordia, pues, ves que débil soy.

JESUS: Niño, no hables más de tu miseria, pues Yo ya me olvidé de ella. Escucha, niño Mío, lo que te quiero decir: arrímate a Mis Llagas y saca todo de la Fuente de Vida, todo lo que tu corazón pueda anhelar. Bebe con toda tu fuerza de la Fuente de Vida y, no te detendrás en el camino. Contempla el resplandor de Mi Misericordia y, no tengas miedo a los enemigos de tu salvación. Adora Mi Misericordia. (Nº 1485).

Las palabras que Jesús dirige en esta conversación al alma pecadora, están dirigidas a cada uno de nosotros. Nos queda sólo repetir con el alma pecadora: “pequé Señor, ten piedad de mí”.

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